Crecer y no

Nota preliminar: este cuento, como mucho de lo que escribo, nace de los recuerdos y de intentar recuperarlos. Intentar plasmarlos “por si las dudas”. En cuanto a la técnica o elaboración, estoy buscando formas de romper con lo que conozco, encontrar maneras distintas en la técnica; en este aspecto, el cuento mezcla el pasado con el futuro. Esta es una recreación del cuento ya que el editor web no permite hacer todo lo que tiene el original en su versión impresa.

MTP, 2020

No podía parar de escribir. Sus dedos se movían con virtuosa facilidad a través del teclado, pero su mente no encontraba ni las palabras, ni las oraciones…

Dieciocho años habían pasado en un bostezo, en un guiño. Recorrió su memoria con perseverante convicción, estaba seguro de que encontraría los recuerdos adecuados; los desayunos en la cama; los discos de música clásica camino a la escuela; el uniforme color vino. Ninguno conectaba con el siguiente, estaba perdido y asustado de reconocer que los momentos vividos eran solo eso; fechas y espacios del pasado que ahora parecían más un sueño que parte de una memoria; los momentos vividos eran, hoy, una hoja con fecha pero nada escrito; una cáscara de pistache sin nuez adentro. Los latidos de la angustia le lastimaban la garganta. No había congruencia, solo destellos perdidos en un terrible titubeo.

Siguió buscando toda la noche. Sacó varias cajas con papeles; ahí se encontraban dibujos del kínder, agendas de tareas con sellos que decían “platica mucho en clase”, “keep up the good work”. Algunos espejismos se proyectaban en su mente, sin embargo, las ideas seguían sin poder hilarse, ¿Cuándo había escuchado ese disco en el coche de su padre; primero, segundo o tercero de primaria? ¿cuándo se rompió el dedo meñique de la mano derecha; fue en cuarto o sexto de primaria? ¿Aquella vez que casi mata a una paloma con un balón, sucedió o solo es un sueño que quedó atrapado entre el mundo real y onírico de su infantil imaginación? El sonido de las teclas no dejaba de sonar y sin embargo, no había nada de valor en la pantalla. Tomó el coche y fue a la escuela donde pasó 11 años de su vida. Eran las 10 de la mañana y no había dormido. 

Al llegar a la entrada, saludó al policía, quien no se acordaba de su nombre, pero sí de su sonrisa con ese lunar junto a la boca. Asintió y lo dejó pasar. Aquél pasillo que medía tres kilómetros, ahora solo constaba de 20 metros, a la mitad se encontraba la biblioteca que ahora ya no se asemejaba a un búnker de la Segunda Guerra Mundial, sino que solamente era un espacio con desniveles; el patio de la escuela que tenía el tamaño de una cancha profesional de fútbol resultaba ser un espacio más bien pequeño, tal vez de unos 200 metros cuadrados. La alberca continuaba allí pero ya no era olímpica como hace 18 años, era realmente casi semi olímpica, o sea, menos de 25 metros de larga. Cabe destacar que esto no era un problema de proporciones, es decir, el lugar no parecía más pequeño porque él ya hubiera crecido de tamaño sino por un misterio que aun no lograba resolver. Ahora su mente estaba ofuscada, el arrepentimiento de convertir esos pequeños vistazos que quedaban en polvo puro comenzaba a deprimirle profundamente.

La respuesta a veces es tan obvia que nos cerramos a apreciarla, 

y cuando cerramos los ojos, 

también cerramos nuestra mente a la razón, 

y cuando esto sucede, 

la imaginación queda segregada a aquel rincón oscuro de la decencia.

De pronto, una campana sonó e instantáneamente, como en un parpadeo, él tenía puesto aquel uniforme color bino. 

Una rodilla del pantalón estaba razpada

  y el suéter vino colgaba de una de las porterias. 

El patio se llenó de niños que aparecieron 

sin ningún tipo de coerencia, pero con sus súeteres bino.

Había un detaye más, él se había encogido cerca 

de 

40 CENTÍMETROZ. 

De pronto sabía perfectamente lo que tenía que acer: patear el balón para meter GOL. Su amigo Santiago le dio el pase filtrado y él, en un movimiento extremadamente atlético para su físico más bien robuzto, pateó el balón con la punta del zapato negro, 

recién voleado para acertar un tiro imparable al angulo superior derecho. Santiago, Fernando, Hector y Luis angel llegaron a abrasarlo y a gritar ¡GOOOL! con él, 

y

de pronto, 

un parpadeo lo transportó a la alverca. 

Estaba un poco sucia. Nadaba hacia un palo que estaba a 50 kilometroz de distancia mientras el profesor le gritaba 

¡Nádale, nádale! Ya casi— 

mientras alejaba aún más aquella vara de metal. 

De pronto, la alcansó, pero para cuando llegó ya no era necesaria, flotaba solo y empezaba 

a dar sus primeras brazadas de crol. La voz del profesor hacia un eco muy extraño en ese lugar y de cierta manera, era placentero escucharlo bajo el agua de la alverca y del chapoteadero tambíen…

Otro parpadeo y se encontraba en un arenero, 

zentía los pequeñoz granoz en toda la kara, por adentro de los calsetinez y entre la entrepierna, pero el kastillo al fin estaba terminado. Tenía zinco pizoz y hasta hasta arriba en la torre más alta, Regis puso su arete blanco. 

She ve moi bonito Yegis. 

Ella 

le 

conteztó con un bezotote en el cachete.

Una campana lo despertó. El mismo policía que lo había dejado entrar lo veía ahora con una cara de sorpresa mientras tapaba el sol con su gorra que decía “Seguridad”. 

— Señor, le voy a tener que pedir que se vaya. 

El patio estaba lleno de niños riendo, viendo cómo obstruía todos los juegos del recreo. De pronto, soltó una pequeña sonrisa, seguida de una estruendosa carcajada que invito a los niños a ser más ruidosos. El policía lo agarró de la camisa y lo ayudó a caminar hasta la salida. Antes de dejarlo en la calle le dijo —Por lo menos no has perdido esa sonrisa—. 

La respuesta a veces es tan obvia que nos cerramos a no verla, 

y cuando cerramos los ojos, 

también cerramos nuestra mente a la razón, 

y cuando esto sucede, 

la imaginación queda segregada a aquel rincón oscuro de la decencia.

Y nadie quiere eso, ¿verdad?

Mau eztuvo aquí…

Ciudad de México, 2019

© 2020 Mauricio Tinoco Pérez
Todos los derechos reservados

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